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lunes, 12 de noviembre de 2018

HISTORIAS INTEMPORALES


Grandes Mentiras de la Historia de Pedro Voltes.


Que uno la palme no significa necesariamente que le vayan a dejar en paz (al menos en este mundo terrenal). Son numerosas las ocasiones que las personas, casi siempre movidas por un exceso de admiración o de animadversión, no permiten que los restos de un finado descansen tranquilamente, convirtiendo su muerte en una odisea peor aún que la que pudieran pasar en vida. Aquí van algunos ejemplos.


Máscara mortuoria de cera de Oliver Cromwell



Oliver Cromwell, político y estadista inglés, tiene el mérito de ser el culpable del único periodo de república que ha tenido la siempre muy monárquica Inglaterra. Murió en 1658 de causas naturales y fue enterrado con honores en la abadía de Westminster, pero cuando la monarquía recuperó el poder quisieron cobrárselas todas juntas. Desenterraron el cuerpo y fue arrastrado con un trineo por las calles de Londres para luego ahorcarlo. Al anochecer lo descolgaron y fue decapitado (cuentan que necesitaron ocho hachazos).

Cabeza de Cromwell. La nariz dicen que la rompieron cuando lo descolgaron del patíbulo.
Su cuerpo se arrojó a un foso y su cabeza, clavada en una lanza, fue subida al tejado de Westminster donde permaneció expuesta durante... ¡veinticuatro años! En 1685 una tormenta hizo que cayera y un guarda real la cogió manteniéndola oculta hasta que en 1710 apareció en un espectáculo de curiosidades. La cabeza siguió cambiando de manos pasando por un actor, un joyero y una exposición hasta que finalmente, en 1960, la cabeza fue discretamente enterrada en los jardines del Sydney Sussex College.
 Jeremy Bentham.

El filósofo británico Jeremy Bentham (1748-1832) donó al morir todas sus posesiones al University College Hospital de Londres aunque puso una extraña condición. A cambio pidió que su cuerpo fuera embalsamado y de esta manera presidiese todas las reuniones de la directiva del hospital. La fortuna de Jeremy debía de ser importante pues el hospital accedió a ello montando en una urna de cristal el esqueleto vestido con sus ropas y sujetando su bastón preferido.

Su cabeza fue sustituida por una réplica de cera y así de este modo, Jeremy estuvo presidiendo las reuniones durante noventa y dos años.

Charles O’Brien, un irlandés que medía más de dos metros y que a mediados del siglo XVIII pasaba por ser el hombre más alto del mundo, se había enterado de que un científico llamado John Hunter codiciaba su cadáver para incluirlo en su museo particular. Para evitar caer en las manos del científico, Charles lo dispuso todo para que su cuerpo fuera colocado en un féretro de plomo y arrojado al mar. Sin embargo, cuando el gigante irlandés murió, John Hunter logró sobornar a sus enterradores y se hizo con el cuerpo al que hirvió para preservar su esqueleto.

Durante siglos se ha expuesto en el Royal College de Londres compartiendo vitrina con el esqueleto de una pequeña siciliana que medía medio metro de altura.

 James Scott, duque Monmouth e hijo ilegítimo de Carlos II de Inglaterra fue decapitado en 1685 acusado de rebeldía, en una ejecución que necesitó cinco golpes de hacha. Sin embargo, antes de ser enterrado y sin que se sepa de quien fue el "capricho", se tomó la decisión de que debía de realizarse un retrato del duque para que legase sus rasgos a la posteridad.
                
De este modo, se le volvió a coser la cabeza al cuerpo para poder pintar el retrato que aún se conserva.



Un caso mucho más reciente es el de Albert Einstein. Al parecer, la noche que se diseccionó el cadáver del científico, decenas de personas acudieron a contemplar el cuerpo del genio y, según palabras del oftalmólogo personal de Einstein, "cada uno agarró lo que pudo". Él mismo confesó haber cogido los ojos que todavía conserva en una caja fuerte y que de vez en cuando contempla.

El cerebro también sufrió una odisea de más de cuarenta años para terminar convertido en 240 pedazos que se repartieron entre varios científicos de todo el mundo..


HISTORIAS INTEMPORALES





Pues sí, muchas frases y grandilocuentes afirmaciones que continuamente escuchamos o decimos y que son atribuidas a grandes personajes históricos, en realidad, se ha tergiversado su significado, cambiado las palabras o directamente, nunca han sido escritas o pronunciadas por nadie.
Ejemplos:.

1.- El fin justifica los medios:

"Il fine giustifica i mezzi" famosísima frase atribuida a Maquiavelo no aparece escrita en ninguna de sus obras ni se tiene constancia de que la pronunciara jamás. Lo más parecido (en su significado que no en su forma) aparece en su libro "Historia Florentina (III)" y dice:
"Aquellos que triunfan nunca resultarán avergonzados por el modo como hayan triunfado"
Lo cierto es que dista bastante de la frase en cuestión aparte de que es ridículo pensar, en que nadie antes de Maquiavelo, no haya expresado de alguna manera tan "magnífica excusa" para hacer lo que a uno le venga en gana.


2.- El estado soy yo.

La tradición pone esta frase en boca de Luis XIV de Francia cuando, enterado que el parlamento de París se había reunido a sus espaldas, interrumpió su cacería y se presentó allí ataviado con su traje de montería. El presidente del parlamento le hizo un comentario al monarca acerca del bien del estado a lo que Luis XIV le contestó con su lapidario "El estado soy yo".
Pues bien, los más respetables historiadores niegan que esto haya pasado de esta manera, y como mucho, el rey se limitó a imponer silencio con un gesto. Al parecer, Luis XIV, que sólo tenía 17 años, era poco agraciado, poco expresivo y muy parco en sus palabras, así que es difícil atribuirle una frase de tal empaque.



3.- Se puede engañar a todo el mundo alguna vez y a alguna persona todo el tiempo, pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo.

Esta frase se dice que la pronunció Abraham Lincoln el 8 de Septiembre de 1858 en el estado de Illinois cuando se presentaba a las elecciones para senador. El problema es que no se encuentra registro de ella en ningún periódico ni crónica de la época. Tan solo aparece en un libro de finales del siglo XIX escrito por un coronel quien dice mantuvo con él esta conversación. Se duda mucho de la versión de este coronel aunque distintas investigaciones se han esforzado por adjudicársela a Lincoln ya que es una frase que adorna en gran manera la vida de cualquier gobernante.